Te sueño en mis noches tranquilas y en las inquietas,
cuando la noche oscurece mis ojos y nubla mi juicio,
cuando tu presencia trasciende los límites de mi conciencia,
ahí es cuando quererte aún más no parece tan imposible.
Abrumado dentro de mi estancia onírica,
tus ojos resultan en tranquilidad para mi cuerpo.
¿Qué eres? ¿Sombra? ¿Humo? ¿Acaso más que una ilusión?
Tu boca entreabierta me invita a averiguarlo.
Tu ausencia material hace cada vez más recurrente la experiencia
y mi patética necesidad de sentirte cerca me resulta insoportable.
Por eso en las noches dejo de existir para mi música.
Existo para tí, tú eres mi música.
Te transformas en esa sinfonía nocturna que no deja de sonar en mi mente,
bella e intangible, como tu presencia surreal.
Dentro de mis sueños lo eres todo y no eres nada,
nada más que música... y la música lo es todo.
De alguna manera eres sombra, humo, música e ilusión,
tentación infinita y opiácea para mi ser.
Me llenas y me vacías por completo en un instante,
dejándome con la necesidad de ser llenado de nuevo.
